El día que Chet Baker comenzó a conocer su final

Notas musicales para el silencio*

El trompetista Chet Baker tuvo un momento de epifanía a mitad de una performance de My funny Valentine, tocada en Estocolmo con Stan Getz. Detrás de su gesto se encuentra la tragedia de su vida.

Existe un momento único captado por las cámaras en los conciertos de Estocolmo que dieron en 1983 Chet Baker y Stan Getz: a los 5 minutos y 18 segundos el solo de trompeta de Baker de My Funny Valentine se quiebra por el pase al saxo de Getz. Pero el trompetista continúa ejecutando el instrumento, lo resuella unas veces más pero no hay sonido. Le toca al silencio, a lo que no pudo o no quiso musicalizar. En ese intento fallido nace toda la tragedia de Chet Baker.

Las múltiples biografías dirán que cuando tocó en esa oportunidad con Stan Getz estaba pasando por los años en los que vivía de su leyenda, el retorno del hijo pródigo a los escenarios o del único trompetista blanco contemporáneo a Miles Davis que pudo haber sido mejor que el mismo Miles. Esas fueron amarillentas notas que la prensa siempre gustó publicar, porque si bien no hubo coincidencias entre ambos tampoco había rispideces. Davis tomó Nueva York por asalto tras editar Birth of the Cool en 1954 (los temas fueron grabados sin embargo entre 1949 y 1950) con arreglos de Gil Evans. Tras cuarenta años de carrera (murió en 1991) es considerado el creativo más inspirador de la historia del jazz. En cambio Chet, oriundo de Yale, en Oklahoma, en el centro mismo de Estados Unidos, amó la suavidad de las notas silenciosas más que su vida misma. Su reclusión es en los standards de jazz (temas conocidos por todos los músicos que circulaban en avejentadas partituras). Cual monje explora paisajes internos dentro de los mismos esquemas, lo cual nada tiene que ver con las búsquedas que hizo Miles por fuera de los parámetros del género hasta los límites de sus posibilidades.

You and the Night and the Music

El show en Estocolmo había comenzado algunos temas antes. Entonces Stan Getz dio paso para que Chet se acercase al micrófono. Desde esa mandíbula ajada por excesos varios comenzó a salir un susurro que el micrófono con dificultad percibió: My funny Valentine fue tocada a mitad del show, el cual tenía un carácter menos intimista hasta entonces. La nocturnidad se ciñó en cuanto Baker subió. Pero esa oscuridad no debe tomarse como una nota trágica (la desgracia sobrevendría cinco años luego con el suicidio de Baker), sino como una contemplación hacia aquello que los ojos no deben ver. La música en Chet es un mantra que susurra notas muertas y silencios entre destilados sonoros, un imaginario infinito que se abre a través del claroscuro. Los susurros de Chet tienen algo de cuadro de Rembrandt mezclado con las desnudeces dolorosas del austríaco Egon Schiele.

Esa oscuridad no debe tomarse como una nota trágica sino como una contemplación hacia aquello que los ojos no deben ver.

Obsesiona esa boca en el micrófono, el enigma de los surcos en todo el rostro y los ojos, irremisiblemente tristes. Chet Baker fue en la década del 50 una de las tantas promesas surgidas en California (el llamado west coast jazz) que mostraba que era posible hacer jazz de blancos ante la predominancia de un género musical netamente negro. Además su belleza enigmática era fácilmente vendible: era James Dean, Frank Sinatra, el amante incapaz de comprometerse con una mujer. Representó todo lo que las discográficas hubieran querido salvo por lo que no vieron en su ser: los paisajes interiores que describía mostraban un ensueño triste, monótono, árido y sureño. El orgullo perdido y la búsqueda intensa de la noche. Baker fue lanzado al mundo y a la luz cuando hubiera preferido la madrugada y el silencio. Es ahí donde surge la autodestrucción y la heroína en su vida.

Everything happens to me

Antes de comenzar su solo de trompeta desprende una súplica: “stay with me my Valentine”, que suena más a gemido quebrado de un derrotado que a un enamorado. El efecto de ese dolor es un amor que se nutre de la madrugada, no la cursilería vana de un tema bobalicón. Entonces Chet Baker se sienta y da paso a su trompeta. La boca fue el instrumento sagrado, el templo violado y diezmado de su pasado que resurgió tras un tiempo en el desierto. Porque Baker pecó de simonía y vendió múltiples instrumentos con tal de conseguir drogas. Los escándalos lo perseguían a donde quiera que fuese y fue arrestado y deportado en distintos países de Europa a principios de los 60. Los escándalos lejos de aislarlo lo hacían un imán para mujeres que veían en él a un rebelde sin causa. Porque Chet enamoraba naturalmente a todos. Tal vez por eso dejó atrás a todas las amantes que pudo, muchas despechadas, otras tanto comprensivas sobre lo imposible de retenerlo a su lado. Supo ser constante en su inconstancia con las personas que lo rodearon durante toda su vida. Supo hacerse de enemigos y por ello queda en el misterio quiénes fueron los que lo atacaron una noche de 1966. Sí se puede decir que sabían qué atacaban cuando decidieron vengarse destrozando a golpes esa boca, que en el principio hizo surgir música del silencio y luego fue reemplazada por el silencio del silencio.

Diezmado y errabundo en una vida en la cual la música castigó su ofensa, Baker capitalizó su tristeza.

Reparó su dentadura (en el documental Let´s get Lost Ruth Young, cantante de jazz y amante de Chet, relata que el cirujano le tuvo que sacar uno a uno sus dientes), no así su gen. Se recluyó en el desierto y sus ojos vieron horizontes indescriptibles desde la gasolinera en la que se autoconfinó en el sur de Estados Unidos. Pero para conseguir la perfección en su melancolía fue necesario irse lejos de casa, residir en otro continente y rodearse de otras gentes.

Europa lo asiló sus últimos diez años. Bruce Weber retrató un aguafuerte de él en un documental sobre su vida (Let´s get lost) en 1988, poco tiempo antes de su suicidio. En el film aparece rodeado de amigos mucho más jóvenes y de mujeres hermosas que lo adoran a pesar de ser el tipo menos fiable que hayan cruzado en sus vidas. En otra escena Chet se sienta frente a la cámara, distante, se lamenta de su soledad cada vez más inabarcable tras la muerte de los suyos, especialmente la del pianista Bill Evans, otro músico del silencio, adicto irredento del speedball (Cocaína mezclada con heroína) que murió de sobredosis en 1980. Tal vez Chet vio en el destino de Evans el suyo en ese cuarto tan ajeno a él desde el que saltó por la ventana hacia la calle de una vez y para siempre el 13 de mayo de 1988.

Cabe preguntarse cuál habrá sido la última melodía que tocó, cuál fue la última música que escuchó.

Tal vez descubrió la belleza del silencio junto con el zumbido del aire en la caída libre, algo que tal vez percibió cuando su resuello quiso sacarle notas a su trompeta irremediablemente muda esa noche en Estocolmo. Imposible saberlo ya.

Moon & Sand

Sobre el final de ese solo, Getz se acercó y le susurró algo al oído. Imperturbable Baker continuó soplando pero las notas fueron acalladas en el momento que el saxo entró en el tema. La trompeta exudó notas vacías que cayeron en cuencos plateados. La mirada se perdió en un recuerdo que solo permanecerá con Chet. El tema continuó, pero hubo, en esa persistencia de querer seguir resoplando la trompeta, heroísmo y una declaración de principios. No volvería a sonar por el resto de la pieza, pero esas notas vacías se convertirían en la esencia no solo de My funny Valentine, sino de Chet Baker: Soplido, silencio opaco, desvanecerse en susurro de madrugada.

*Publicada originalmente en revista Lamás Médula en 1996.

 

Esteban Galarza

Nací en José C. Paz en abril de 1984. Estudié letras en la Universidad Católica Argentina y Periodismo en TEA, en donde fui profesor de redacción periodística. Fui colaborador de Billboard, Caras y Caretas, Yo Soy La Morsa, Lamás Médula, Go Palermo, entre otras revistas de cultura y música. Fundé y dirigí Revista Kunst y Revista Ruda.

Todavía No Hay Comentarios

Deja una Respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

NEWSLETTER

Recibí novedades y promociones antes que nadie