The Eddy en Netflix: Director de Orquesta

Director de orquesta

La coralidad es un concepto aplicable a todas las artes. Es mucho más directa y multidireccional en el caso de las audiovisuales, va desde las distintas historias a lo largo del relato hasta lo que ocurre dentro de un plano y/o una secuencia. Eliott es el dueño del pub jazzero The Eddy. A partir de él y de la tragedia de su socio se abre la trama de la miniserie de Netflix.

Cada uno de los ocho capítulos de The Eddy se titulan con el nombre de algunos de sus protagonistas, el del dueño, su hija, su novia, la viuda de su socio… salvo el último. Hasta ahí la coralidad en bloque, luego, la intervención de Eliott atraviesa los elementos de la coralidad y rompe la linealidad. Hace malabares para sostener su negocio, sus relaciones,  resolver las complicaciones e intentar el resctae de su propio talento musical, y, además, sostiene los pedazos del relato. Cada integrante de su círculo íntimo desarrolla su propia historia pero apuntalada por Elliot. La miniserie no es «democrática» en el sentido de los múltiples de vista porque hay un director de orquesta. El improvisador es el que oxigena.

Según se conoce, la música diegética de la serie está ejecutada en vivo en los tramos en que hace su aparición para mostrar estados de ánimo, para relajar o marcar un punto de inflexión, conocimiento que refuerza la idea de realismo, particularmente en los dos capítulos iniciales que dirige Damien Chazelle. Este les imprime la velocidad y suciedad de la cámara en mano que no se repite en los siguientes, en los cuales los sentimientos de Eliott son un tanto más distantes, lo cual no quiere decir que no los una dentro de su propia historia, pero, en su mundo, no hay nada más importante que su hija y la relación consigo mismo, y con Farid, su socio asesinado, situación que lo ubica de actor fuera de campo, fantasma. Chazelle no abarca totalmente el proyecto pero es un buen gancho de Netflix. Los siguientes bajan un cambio para contar el entremado de relaciones y dramas personales, y se vuelven más detallistas. Ya en el tercer capítulo, se escenifica los preparativos para el ritual de despedida de Farid.

    The Eddy tiene como escenario el París no turístico y un jazz que no está identificado con una una cultura en particular. Hay negros, blancos, norteamericanos, franceses, argelinos y europeos del Este. Una coralidad horizontal y vertical. Sin embargo, en esa multiplicidad,  Eliott parece ser el único encargado de poner orden. Katarina, la baterista, es la única que se despega, decide por fuera del grupo y tuerce el curso.

Eliott hilvana las historias de los músicos, cantantes y sus allegados, y la música aparece, como no podía ser de otra manera en un local de jazz. Pero la música también está, constantemente, en su cabeza. Cada tanto lo vemos sacar un papelito, tararear en silencio y escribir una partitura que tarda en concretarse, a la vez que intenta descubrir quienes y por qué mataron a su socio. Esto no quiere decir que haya géneros combinados sino fuerzas que impulsan. Eliott se desafía a sí mismo en varios frentes, como artista y como persona. Hacia el final, cuando la trenza se desata, no hay una culminación y si un camino a seguir, no hay respuestas pero las preguntas ya fueron planteadas. Nada está arreglado. Ahora los interrogantes son de todos y Eliott empieza a sentirse acompañado.

 

Por Martín Gómez Cánepa

 

Martín Gómez Cánepa

Soy dibujante, antes que nada, y licenciado en comunicación. Escribí en LivingJazz Magazine y Revista Char-leston. Prefiero hacer crítica y ensayo, principalmente de cine y televisión, pero leo de todo.

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